Frente a la crisis de la agricultura y el avance del centralismo, una voz alza la alerta desde Monte Patria: la urgencia de blindar el mundo rural, la necesidad de un aeropuerto internacional para el Limarí y el riesgo de que la provincia termine pagando el costo del olvido político.
La crisis agrícola en la provincia del Limarí ha dejado de ser una amenaza latente para convertirse en una realidad que golpea con fuerza el día a día de sus habitantes. La escasez hídrica y la falta de incentivos estatales han puesto en jaque la subsistencia de miles de familias. Ante este escenario, conversamos sobre el futuro del territorio, las oportunidades desaprovechadas en conectividad internacional y la profunda desconexión de la clase política con el mundo rural.
Cristian Herrera Peña, primera autoridad comuna de Monte Patria, comuna ubicada en el corazón de la región de Coquimbo y la provincia del Limarí detalla parte de las gestiones diarias y los procesos que enfrenta este territorio, el cual, casualmente representa las problemáticas de las otras comunas rurales y apartadas de la región.
Nuestra región está cambiando a pasos agigantados y la comuna de Monte Patria enfrenta una situación sumamente compleja debido a la crisis de la agricultura. Frente a este panorama tan adverso, ¿cuál debe ser la postura del territorio?
—Aquí existe una convicción inquebrantable: no renunciaremos nunca a nuestra vocación rural. Es por eso que hoy, más que nunca, se vuelve urgente y necesario que el Estado actúe con mayor fuerza y decisión para proteger a estas comunidades. No podemos permitir que el campo muera en el abandono.
¿Cuándo se habla de proteger al mundo rural, ¿cuáles son las consecuencias inmediatas que observa si el aparato estatal sigue ausente?
—Lo que estamos viviendo hoy es un fenómeno grave de migración interna; un auténtico éxodo rural. La población de Monte Patria y del campo en general se ve obligada a emigrar hacia las grandes ciudades, principalmente a la conurbación de La Serena y Coquimbo. Esto termina generando un colapso en la infraestructura y en los servicios de esas urbes, porque no están preparadas para recibir de manera permanente a este flujo de población. Las familias suelen llegar a casas de parientes en las periferias, provocando serios problemas de hacinamiento. El problema del campo que no se atiende hoy, termina afectando también a la ciudad mañana.
¿Y qué herramientas faltan para frenar ese fenómeno? ¿Cómo se compite contra la falta de oportunidades en la ruralidad?
—Debemos mirar modelos internacionales y replicar lo que funciona. El Estado chileno debería invertir recursos de la misma manera en que lo hacen países como Francia o España, enfocándose en mantener a la población en la ruralidad. Necesitamos incentivos directos para la producción, subsidios para la compra de terrenos y estímulos reales para que los jóvenes vean un futuro y oportunidades de desarrollo en el campo. Si los jóvenes emigran por falta de empleo y vivienda, en nuestros pueblos queda rezagada una población mayor que pasa a depender exclusivamente del cuidado municipal, porque sus redes familiares de apoyo ya se fueron.
Un ejemplo de la lentitud del Estado con la ruralidad es lo que vivimos a nivel local: no puede ser que llevemos años postulando a maquinarias para arreglar caminos rurales y del Gobierno Regional no exista respuesta, es un constante mendigar soluciones.
Desde el Gobierno Regional y Central se suele hablar de grandes obras de conectividad en la costa para mitigar el crecimiento urbano, como vías paralelas a la Ruta 5. ¿No ayuda eso a absorber este flujo?
—Construir una vía paralela a la Ruta 5 para mitigar el colapso de La Serena y Coquimbo no es la solución de fondo. Es una mirada centralista e ineficiente. Para cuando esa obra esté terminada, lo más probable es que ya esté colapsada si no se frena primero la migración rural. Actualmente, no existen estímulos reales para la gente del campo por parte de las autoridades. Entre las alzas del combustible, el costo de los servicios y la mala conectividad, la gente del campo hoy es más pobre que hace unos meses. Y el empobrecimiento continuará si no se cambia la estrategia.
Además del impacto social, está el tema del abastecimiento de alimentos. ¿Qué tan comprometida está la seguridad alimentaria de la región?
—Absolutamente comprometida. Mantener a la gente en el campo no es solo para que las grandes ciudades no colapsen; es lo que asegura la independencia alimentaria de nuestra región. Permite que los productos agrícolas lleguen a las ferias a precios accesibles para la ciudadanía. Hoy todo sube porque, al menos en Monte Patria, un 15% del suelo cultivable ya no se está trabajando. ¿Las razones? Falta de mano de obra, una escasez hídrica profunda y, sobre todo, la falta de compromiso estatal para asegurar el agua en las zonas rurales. Entre las alzas del combustible, el costo de los servicios y la mala conectividad, la gente del campo hoy es más pobre que hace unos meses. Y el empobrecimiento continuará si no se cambia la estrategia.
Pasando a una mirada más macro de la Región de Coquimbo, se percibe una fuerte inclinación de la matriz económica hacia el sector terciario. ¿Es sustentable ese modelo a largo plazo?
—Salvo por lo que ocurre en la provincia de Choapa con el proyecto Pelambres, la Región de Coquimbo hoy es una zona orientada fundamentalmente a los servicios turísticos y hoteleros, concentrados de manera especial en la costa. La región podría consolidarse bajo este modelo, pero falta una mirada estratégica de quienes nos gobiernan. Lamentablemente, da la impresión de que las autoridades actuales parecen dedicarse solo a “administrar” el día a día, en lugar de “planificar” el futuro regional a mediano y largo plazo. Estamos desaprovechando oportunidades gigantescas.
¿Por ejemplo? ¿Dónde ve esos polos de desarrollo que hoy están dormidos?
—En nuestra capacidad portuaria. La región cuenta con tres puertos subutilizados. El puerto de Coquimbo, por ejemplo, opera apenas a un 20% o 25% de su capacidad total, incluso en la temporada estival que es su época de mayor movimiento. Y en ese porcentaje ya emplea a más de 500 personas. Imagine el impacto económico si operara a su máxima capacidad tras su ampliación. El mercado clave para detonar esto está al otro lado de la cordillera, en Argentina. Ellos necesitan exportar sus productos agropecuarios, mineros y manufacturados hacia el Pacífico, y la vía más cercana es a través de los puertos chilenos.
El paso de carga internacional suele generar resistencia en las comunidades por el flujo de camiones de alto tonelaje. ¿Cómo se resuelve ese conflicto?
—Avanzando firmemente en un Tren Binacional. No es viable, ni estratégico, ni sostenible recibir el flujo de 100 o 200 camiones diarios cruzando e interrumpiendo nuestras comunas, como Monte Patria, Coquimbo o Los Vilos. Eso destruiría la tranquilidad de los vecinos y la infraestructura local. El tren es la alternativa histórica y la única solución de verdad amigable con el territorio.
Otra discusión histórica en la región es la conectividad aérea y la situación del Aeropuerto La Florida. ¿Cuál es su postura frente a las deficiencias actuales?
—La conectividad aérea actual con La Serena es deficiente y peligrosa. Los vuelos comerciales sufren constantes retrasos o cancelaciones por razones climáticas, y la pista actual es tan corta que obliga a un frenazo brusco de los aviones que genera una enorme inseguridad en los pasajeros. No se puede seguir insistiendo en el capricho centralista de mantener un aeropuerto pegado a la urbe. Eso impide recibir vuelos de carga importantes o abrir rutas internacionales que atraigan inversiones reales.
Si no es en La Serena, ¿dónde debería estar la infraestructura aeroportuaria del futuro regional?
—En la provincia del Limarí, específicamente en Ovalle. Ahí existen todas las condiciones técnicas, climáticas y geográficas para emplazar un aeropuerto con verdaderas características internacionales. Para potenciar el turismo y la economía regional de verdad, solo faltaría conectar comunas como Río Hurtado y Monte Patria a través de una carretera interior bien planificada. Pero, lamentablemente, el Limarí sigue quedando sistemáticamente en el olvido de las prioridades de inversión.
Para cerrar, su crítica apunta directo a la gestión política regional. ¿Siente que hay una desconexión real de las autoridades con las provincias interiores?
—Absolutamente. Y lo que resulta más doloroso es constatar que hay autoridades que nacieron, se criaron y formaron en este territorio del Limarí, y que hoy, convenientemente, cruzando Las Cardas se olvidan de sus orígenes y le dan la espalda a su propia provincia. Es hora de que dejen de mirar tanto hacia el centro, que dejen de gobernar solo para la conurbación y comiencen a defender con fuerza la idiosincrasia rural. Mejorar la calidad de vida de nuestros habitantes no es un favor, es una deuda histórica. Es momento de transformar al Limarí en el verdadero motor del desarrollo futuro de la Región de Coquimbo.
El desarrollo de la región de Coquimbo y las comunas rurales del territorio sigue siendo una preocupación constante, el esfuerzo de las autoridades de turno debe si o si conversar con las necesidades del territorio, la inversión pública focalizada y la pertinencia en apoyo, en especial a las comunas que desde los sectores más apartados hacen patria.
Juan Pablo Ramos Rojas
Periodista
Licenciada en Comunicación Social
